The game
Retorcido thriller noventero recordado como una de las “malas” del dire, y lo cierto es que sobre el papel es una tontería supina. Michael Douglas da vida a un personaje típico de aquellos años; empresario, banquero, inversor, etc. forradísimo y en la cima de la pirámide económica y social post-ochentera y próxima al fin del milenio, que se ve involucrado en un macabro “juego”, organizado al parecer por una siniestra organización o empresa dedicada a las experiencias extremas para ricachones, pero que va demasiado lejos…
Mucha paranoia de raíz posmoderna, con una fuerza misteriosa que nunca se desvela y que maneja a nuestro desvalido héroe cual títere, arrancándole de su monótona existencia y destapando la frágil ficción o trampantojo que esta supone… y la de su bolsillo. Espíritu kafkiano y estilo muy similar al de otros títulos fincherianos, donde llaman la atención unos créditos iniciales en modo filmación familiar vintage, imitados con descaro por cierta serie reciente. Se anticipan cosillas: capitalismo vacío de significado y vínculos, soledad extrema, las siglas que significan todo y nada, reiteradas en distintos contextos, de una compañía omnipresente que vende “experiencias”, entretenimiento inmersivo e hiperrealista que engulle la vida y altera la noción de lo que es real y lo que no.
Frente al individuo rígido y amargado, el hermano tarambana cual lado oscuro, desencadenante de una trama que abusa y depende en exceso de giros y requetegiros, imposible de creer desde lo verosímil (los medios infinitos de los que disponen los malvados) y desde lo emocional (cualquiera con dos dedos de frente actuaría de otra forma, no tan amable, al destaparse el pastel…), un adentrarse en un sombrío país de las maravillas a golpe de Jefferson Airplane y anticipatorio de propuestas como “Saw” (ese muñeco...). Sobre todo parece guardar un fondo de autoayuda chunga, sobre los traumas de un multimillonario con su padre, con miedo a cometer los mismos errores y que aprovecha la coyuntura para descubrirse a sí mismo y aprender la gran lección.
Fincher, buen técnico, sin grandes alardes, con ocasionales desvíos a un cine de acción y tiros, introduce rasgos de clasicismo hitchcockiano: la circularidad, la caída desde las alturas, la obsesión, y cómo no, la rubia turbia, de cambiante identidad (pobre desvalida, hábil manipuladora...), eterno femenino que deja, de hecho, la incógnita perversamente abierta, otra vez el deseo como motor de todo e invitación a otra aventura. Y es que la película, que a ratos parece un episodio hinchado de serie tipo “Twilight Zone”, tendría que haber sido más cachonda y propiamente jugona, con más ironía y menos envoltorio oscuro y solemne.